Plaga de Justiniano (541 dC)

Plaga de Justiniano (541 dC)

Plaga de Justiniano
541 dC

Enfermedad: Peste bubónica
Patógeno: Yersinia pestis
Fallecidos: 20 – 50 millones
% Población: 30 %
Población época: 200 millones

Plaga de Justiniano
541 dC

Enfermedad: Peste bubónica
Patógeno: Yersinia pestis
Fallecidos: 20 – 50 millones
% Población: 30 %
Población época: 200 millones

La severa pestilencia

En el siglo VI se desencadenó una plaga que los contemporáneos -Procopio de Cesarea, el cronista de la época, la analizó minuciosamente- describieron como “algo nuevo”, distinto de todo lo que conocían. Se etiquetó como “la plaga inguinal”, por la inflamación de esa zona del cuerpo, o “la severa pestilencia”, porque la asociaron a un contagio quizá aéreo. Ese nombre de “la peste” quedaría impreso en la memoria colectiva para siempre.

Los primeros brotes de aquella primera peste se registran en el Delta del Nilo en torno al año 541 y procedía seguramente de Etiopía. Reinando en Constantinopla el emperador Justiniano, que se dice la superó, se dice que arrasó con la población de la capital.

La enfermedad se extendería por todo el Imperio Bizantino, que controlaba todo el Mediterráneo Oriental y Central, Oriente medio y buena parte del Mediterráneo occidental. En Roma, una de las ciudades más pobladas de ese momento, causó estragos. Desde ahí saltó al resto del continente y hasta Inglaterra.

Se calcula que acabó con la vida de entre 20 y 50 millones de personas: un 40% de la población. Culpabilizadas algunas minorías religiosas y calificada como una “mortal maldición”, algunos historiadores la han asociado al descalabro del imperio de Justiniano, incapaz de sobreponerse a aquello. En este contexto se desarrolló el culto a San Sebastián como especial protector frente la peste, simbolizada en las flechas que lo flagelaban y él contenía; ese es precisamente el motivo de una propagación tan intensa de su culto, que llega hasta la época moderna.

La epidemia acabó desapareciendo de Europa y América, pero aún sigue siendo una enfermedad endémica en China y la India.

Justiniano I
(483 – 562 dC)

Foto: Wikimedia Commons
Petar Milošević, CC BY-SA 4.0

Parece ser que la epidemia surgió en algún lugar del este de África, probablemente en alguna de las ciudades con las que el imperio mantenía un fuerte comercio. De ahí pasó a Egipto, acabando en el delta del Nilo. De ahí se fue extendiendo por los puertos del mediterráneo. Las ratas en los barcos fueron un temible vector de transmisión. Los contagios siguieron desde los puertos hacia el interior extendiéndose por todo el territorio europeo, alcanzando hasta Dinamarca por el norte e Irlanda por el oeste.

El COVID-19 es un virus, un tipo de microorganismo contra el que no disponemos de medicación de eficacia definitiva. No así contra las bacterias, como la que causó la peste de Justiniano, ahí disponemos de antibióticos, que resultan definitivos para el control y práctica erradicación de las enfermedades que producen. Aunque no se conociera de forma científica la forma de propagación, por prueba y error se fueron estableciendo prácticas higiénicas que hoy sabemos acertadas.  

Con el COVID se han saturado puntualmente los servicios sanitarios y se han llegado a producir retrasos en los entierros en los peores momentos, nada comparado con el desbordamiento total del estado que se produjo entonces: enterramientos masivos, saqueos, culpabilización de minorías de cultos paganos, éxodos de las ciudades, …

La severa pestilencia

En el siglo VI se desencadenó una plaga que los contemporáneos -Procopio de Cesarea, el cronista de la época, la analizó minuciosamente- describieron como “algo nuevo”, distinto de todo lo que conocían. Se etiquetó como “la plaga inguinal”, por la inflamación de esa zona del cuerpo, o “la severa pestilencia”, porque la asociaron a un contagio quizá aéreo. Ese nombre de “la peste” quedaría impreso en la memoria colectiva para siempre.

Los primeros brotes de aquella primera peste se registran en el Delta del Nilo en torno al año 541 y procedía seguramente de Etiopía. Reinando en Constantinopla el emperador Justiniano, que se dice la superó, se dice que arrasó con la población de la capital.

La enfermedad se extendería por todo el Imperio Bizantino, que controlaba todo el Mediterráneo Oriental y Central, Oriente medio y buena parte del Mediterráneo occidental. En Roma, una de las ciudades más pobladas de ese momento, causó estragos. Desde ahí saltó al resto del continente y hasta Inglaterra.

Justiniano I
(483 – 562 dC)

Foto: Wikimedia Commons
Petar Milošević, CC BY-SA 4.0

Se calcula que acabó con la vida de entre 20 y 50 millones de personas: un 40% de la población. Culpabilizadas algunas minorías religiosas y calificada como una “mortal maldición”, algunos historiadores la han asociado al descalabro del imperio de Justiniano, incapaz de sobreponerse a aquello. En este contexto se desarrolló el culto a San Sebastián como especial protector frente la peste, simbolizada en las flechas que lo flagelaban y él contenía; ese es precisamente el motivo de una propagación tan intensa de su culto, que llega hasta la época moderna.

La epidemia acabó desapareciendo de Europa y América, pero aún sigue siendo una enfermedad endémica en China y la India.

Parece ser que la epidemia surgió en algún lugar del este de África, probablemente en alguna de las ciudades con las que el imperio mantenía un fuerte comercio. De ahí pasó a Egipto, acabando en el delta del Nilo. De ahí se fue extendiendo por los puertos del mediterráneo. Las ratas en los barcos fueron un temible vector de transmisión. Los contagios siguieron desde los puertos hacia el interior extendiéndose por todo el territorio europeo, alcanzando hasta Dinamarca por el norte e Irlanda por el oeste.

El COVID-19 es un virus, un tipo de microorganismo contra el que no disponemos de medicación de eficacia definitiva. No así contra las bacterias, como la que causó la peste de Justiniano, ahí disponemos de antibióticos, que resultan definitivos para el control y práctica erradicación de las enfermedades que producen. Aunque no se conociera de forma científica la forma de propagación, por prueba y error se fueron estableciendo prácticas higiénicas que hoy sabemos acertadas. 

Con el COVID se han saturado puntualmente los servicios sanitarios y se han llegado a producir retrasos en los entierros en los peores momentos, nada comparado con el desbordamiento total del estado que se produjo entonces: enterramientos masivos, saqueos, culpabilización de minorías de cultos paganos, éxodos de las ciudades, …

La gripe “española” (1918)